Su Historia

Fotografía antigua en blanco y negro de una niña con vestido oscuro y cabello rizado, sonriendo frente a cortinas.

María Lorena Clare Facio nació el 30 de junio de 1943 en San José, Costa Rica, hija del ingeniero Manuel Emilio Clare Jiménez y de Marielena Facio Castro. Creció en el Escazú rural de las décadas de 1940 y 1950, en un entorno que marcaría profundamente su carácter, su cercanía con las personas y su sensibilidad social.

Desde joven mostró una personalidad firme, con criterio propio y una manera directa de relacionarse con los demás. Su formación incluyó una fuerte base en valores y servicio, participando desde temprana edad en iniciativas de voluntariado y organizaciones sociales.

Durante su juventud, vivió y estudió en Francia por algunos años, una experiencia que amplió su visión del mundo y fortaleció su carácter independiente.

A lo largo de su vida, mantuvo un rol activo en iniciativas sociales y organizacionales, participando en espacios de planificación y trabajo comunitario que sentaron las bases de su posterior labor pública.

Su vocación de ayudar a otros no fue algo que surgiera más adelante, sino que estuvo presente desde sus años de juventud. Fue voluntaria en el Hospital Nacional de Niños, colaboró con el Patronato Nacional de la Infancia en procesos de adopción y llegó a presidir el Hogar Infantil de Martín, involucrándose activamente en el bienestar de niños y familias en situaciones vulnerables.

La familia fue siempre uno de los ejes centrales de su vida. Como esposa de Miguel Ángel Rodríguez Echeverría y madre, fue una presencia constante, cercana y comprometida. Su forma de estar —práctica, atenta y sin rodeos— dejó una huella profunda en quienes compartieron su día a día.

Más allá de su vida familiar y su labor social, también desarrolló intereses personales que reflejaban su disciplina y determinación. Desde niña practicó deportes como la natación y el golf, pero fue en la equitación donde destacó, representando a Costa Rica en competencias internacionales, incluyendo los Juegos Panamericanos de 1983, donde obtuvo medalla por equipos.

Su relación con los caballos fue más que un deporte: fue una pasión que mantuvo a lo largo de su vida, participando también como jueza y promoviendo el desarrollo del deporte ecuestre en el país, especialmente entre niños y jóvenes.

A lo largo de su vida, mantuvo una preocupación genuina por las personas, especialmente por quienes enfrentaban mayores dificultades. No era una preocupación distante, sino cercana y activa, que se traducía en involucrarse, escuchar y buscar soluciones.

Con el tiempo, esa manera de ser encontró un espacio más amplio en la vida pública, donde pudo extender el alcance de su vocación de servicio y trabajar por causas que marcarían su legado.

Lorena será recordada no solo por los espacios que ocupó, sino por la forma en que vivió: con carácter, cercanía y una clara intención de hacer una diferencia en la vida de los demás.

Dos niños pequeños, un niño y una niña, posando en las escaleras de piedra, la niña lleva puesto un vestido de vestido de verano y el niño lleva puesto un overol con una camiseta debajo, en una fotografía en blanco y negro.
Dos mujeres jóvenes con trajes típicos de fiesta, sonriendo y sosteniendo una pancarta que dice 'Santa Cruz'.
Fotografía en blanco y negro de un grupo de personas, en el centro dos hombres con trajes y una mujer con vestido, en un entorno urbano posiblemente en una ciudad europea antigua, con edificaciones históricas y un parque o calle con reja de fondo.
Cuatro niños montados en caballos caminando por un área con árboles, en blanco y negro.
Niña sonriendo en un árbol en un entorno natural con hojas caídas, en un día soleado.